domingo, 10 de enero de 2016

TOUR OF SCOTLAND: BEYOND THE ADRIANO'S WALL

INTRODUCCIÓN

A continuación vamos a relataros la última aventurilla con alforjas que realizamos entre el 15 y el 25 de Agosto en tierras escocesas. Ésta ha sido, por cuestiones de logística y duración de la misma, probablemente la más ambiciosa que hemos realizado, lo que impidió que el alma mater de este blog, "mr. Hemotrocrito" Aba, pudiera sumarse. De hecho, finalmente, sólo Toro y el que escribe (Víctor, Trazas o Barón, a todo respondo) tomamos parte de esta pequeña locura -con, como podréis imaginar, el consiguiente cachondeíto de nuestros amigos.

Las largas jornadas encima de la burra dan para reflexionar profundamente. Esa es una de las cosas que me encantan de la bici. Y algo en lo que he pensado mucho es: ¿por qué escribimos este tipo de cosas? ¿por qué sentimos la necesidad de relatar lo acontecido? La conclusión a la que he llegado es que se mezclan varios motivos: por una parte, es una forma de relamerse de lo vivido; una forma de revivir, aunque no sea tan intensamente, las emociones vividas. Es también, por supuesto, un antídoto contra el olvido. Y algo hay también -reconozcámoslo- de satisfacción del ego porque, de una forma u otra, nos sentimos orgullosos de la hazaña. Todo, incluso esto último, es legítimo. Pero, llegados a este punto, y como bien dice el Toro, deberíamos escribir para algo más altruista; y es para que nuestra experiencia resulte inspiradora a otros. Es por eso que en esta ocasión quisiera, sin dejar de contar las batallitas de abuelo cebolleta, hacer alguna mención a cuestiones un pelín más específicas de este mundillo del viajar dando pedales. Estoy seguro de que los que leéis esto sólo por la curiosidad de nuestras andanzas nos lo perdonaréis (y, en cualquier caso, siempre podéis hacer como hace mi madre con las novelas: saltarse los párrafos que le parecen aburridos, jajaj); mientras que los que nos leáis para construir vuestra propia aventura, lo agradeceréis.

PREPARATIVOS

A nosotros -especialmente al Toro- nos gusta sentirnos, digamos, autosuficientes en este tipo de rutas; es decir, saber que siempre tenemos la posibilidad de dormir en nuestra tienda de campaña (cada uno en la suya, que quede claro para siempre, jaja) y tener algo de alimento. Eso nos ha permitido dormir en sitios preciosos y alguna anécdota que me vais a excusar de contar aquí, pero el problema, claro, es que cargamos más bultos que otros. A nuestro habitual par de alforjas traseras le sumamos en esta ocasión un "rack pack" (en mi caso, el pequeñito, de 24 litros de capacidad; en el caso del Toro el mediano, de 31) y, en mi caso, un bolso de manillar. Obviamente, se puede hacer esta misma ruta con muchos menos bultos si, por ejemplo, vais a dormir siempre bajo techo y a comer de lo que cocinen otros. La composición final de los bultos fue algo así: el bolso de manillar para los bultos que uno necesita tener a mano; la Camelbak para el agua, algún gel, un par de cámaras de repuesto y alguna cosa más; la mochilita con el multiherramienta bajo el sillín; el rack pack, donde guardaba lo relacionado con la acampada; y dos pares de alforjas (no sé deciros exactamente la capacidad de cada una de ellas -se trata de un modelo antiguo de Vaude- pero en torno a los 40-45 litros) en los que iban plato, cuchara y multicubierto para acampada, tres mudas de maillots y cullotes, dos pares de gayumbos, cuatro de calcetines, unas mallas tipo running, un pantalón fino de montaña, una camiseta de algodón de vestir, una sudadera [estas tres prendas eran mi único conjunto no ciclista], unos manguitos, unas perneras, unos cubrebotas, una bandana deportiva, un chubasquero, dos camisetas térmicas m/l, una camiseta térmica m/c y una camiseta térmica s/m. Debo decir que, ciertamente, lo usé todo; aunque, como veis, especialmente en camisetas térmicas y calcetines, se puede reducir bastante el equipaje, jjajajja.




Lo de meter la bici en la caja me resultó algo más complicado de lo que pude ver en los tutoriales de Youtube. Quitarle la rueda delantera y desinflar los neumáticos (recordad que la bodega de los aviones no está presurizada) lo puede hacer incluso un lerdo como yo, pero si tenéis problemas para que os quepa el manillar, mi consejo es que nunca, nunca, nunca, toquéis la potencia, sino que desatornilléis el juego de dirección: yo hice lo primero y fue un suplicio volver a recomponer un montón de piezas que hay bajo la potencia, así como los rodamientos.

PRIMERA PARTE: MONTS GRAMPIANS AND GREAT GLEN
ETAPA 1. PITLOCHRY - MOOR OF RANNOCH

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=10958701 
http://www.ibpindex.com/ibpindex/ibp_analisis_completo.php?REF=36507820593677&LAN=es


Como veis, en esta ocasión, además del track en wikiloc, os pongo el track en ibpindex, que sé que hará las delicias de todos aquellos que hayáis dado un paso más allá en el frikismo de los datos de la ruta.

Nuestra ruta, pues, comenzó en Pitlochry, adonde llegamos combinando trenes desde Edimburgo. Esta localidad es, digamos, el acceso sur al parque nacional de Cairngorms, por lo que es frecuentada por muchos senderistas y amantes de la bici. En nuestro caso, sin embargo, no nos adentramos en dicho parque natural, puesto que dejamos enseguida la B8079 -una carretera que circula paralela a la A9- en dirección norte para coger la B8019 en dirección este (Tummel Bridge). Nada más cruzar el río Tummel, ya nos dimos cuenta de que, aunque con descansillos, la carretera empezaba a picar para arriba. Ganados los 200 msnm, aproximadamente, hay un mirador con vistas al Loch Tummel llamado "Queen's view". Según me contó el Toro, algunos lo califican como las mejores vistas de toda Escocia. Como podréis ver si continuáis leyendo esto, siendo estas unas hermosas vistas, debemos concluir que los escoceses tienen cierta tendencia a la exageración.



Después de la foto de rigor en el mirador con "la mejores vistas de Escocia", bajamos a Tummel Bridge para allí tomar la B846 en dirección sur. Aquí se presentó la principal dificultad montañosa de la jornada, 4 km, del 23 al 27 de la etapa, con un desnivel medio del 6 %. Se trata de las faldas de Schiehallion, una montaña de algo más de 1000 msnm que, por su localización, tiene una gran popularidad entre los que senderistas, y, por su forma simétrica y aislada, ha sido el escenario de algunos experimentos científicos. Como nota al pie, diré que la sensación que me llevo de Escocia es que, aunque tremendamente ondulada, no presenta las dificultades de desnivel que hemos encontrado en otras ocasiones. Es verdad que tiene más de 500 "munros", como dicen ellos, que son montañas de más de 3000 pies (910 metros, aproximadamente), pero es raro encontrar aquí verdaderos "puertos de montaña" de más de 5 ó 6 km. 

Una vez coronado este puertecete, llegamos a una zona de toboganes con el Schiehallion a nuestra izquierda para, en el km. 36, aproximadamente, iniciar un rápido descenso de apenas un par de kilómetros por una zona boscosa para, al poco, alcanzar Kinloch Rannoch. Yo llevaba toda la jornada a la espera de una gasolinera para hinchar las ruedas a una buena presión, pero esta segunda "localidad" nos confirmó que la exageración en Escocia también consiste en ponerle nombre a grupos de dos o tres casas. Indicativo de esto fue que la primera pinta de nuestra ruta nos la debimos tomar un poco más allá, en un majestuoso hotel donde retransmitían un partido de la selección nacional de rugby, preparatorio para el mundial.


Vista de Loch Rannoch y Schiehallion desde la terraza del hotel donde nos tomamos las pintas
Reanudamos la marcha casi una hora después. Es curioso lo rápido que pasa el tiempo en los bares, jeje. Así pues, en parte acuciados por la hora de llegada del tren en Rannoch, en parte por un amago de lluvia, echamos el resto los últimos 24 km. Una vez abandonado Loch Rannoch, la carretera tendía a picar de nuevo hacia arriba, en un altiplano donde sólo la turba se abre paso entre los humedales (lo cual, por cierto, nos generaba un tanto de inquietud, puesto que de seguir así la orografía en Corrour, el hecho de plantar la tienda se iba a complicar).

Finalmente, llegamos a la estación de tren de Moor of Rannoch cuarenta minutos antes de la llegada del tren. Este era nuestro final de etapa. Obligado, porque la carretera finaliza aquí. Junto a la estación hay un pequeño hotelito; posible opción de pernocta para los que os guste dormir bajo techo. La estación se encuentra a día de hoy desprovista de personal ferroviario y, sin embargo, posee unas magníficas instalaciones con un pequeño museo de la flora y fauna del entorno, así como de la historia de esa línea ferroviaria. Historia que, como os podréis imaginar por la orografía descrita y la climatología, tiene tintes casi de heroísmo y que, incluso a un ferroca de escasa vocación como es mi caso, me puso casi los pelos como escarpias. Todavía me pregunto cuánto tiempo hubiera durado unas instalaciones similares, sin nadie que las custodie, en nuestro país.  


























Nuestros planes consistían en coger el tren hasta Corrour, la siguiente estación, y acampar en algún sitio bonito. Ese era el plan. Pero, lo cierto es que, cuando llegamos a la estación de tren de Corrour, la luz solar era ya muy escasa, y la turba y la humedad muy notable, a excepción de un escaso trozo de césped junto al andén de la estación. Así las cosas, la primera noche de nuestra aventura bucólica la pasamos junto a una estación de tren, al lado de un bidón oxidado. Yo cometí, además, el error de no cambiarme de ropa, pensando que las prendas térmicas que llevaba habrían absorbido ya el sudor de la etapa. Cuando me metí en el saco me di cuenta que los calcetines aún estaban húmedos y eso me hizo pasar una noche bastante regulera: me costó un montón dormirme y alejar el pensamiento de que empezaba muy pronto a hacer el punki, jajajja.


ETAPA 2. CORROUR STATION - FORT WILLIAM

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=10958715
http://www.ibpindex.com/ibpindex/ibp_analisis_completo.php?REF=36507847171567&LAN=es


Sin duda, fue el amanecer más frío de la ruta. No en vano -aunque eso lo supimos un rato después, al encender el GPS- estábamos a 435 msnm., el día había amanecido encapotado y soplaba biruji. No lo recuerdo exactamente, pero creo que el desayuno, no sé si fruto del frío -de querer estar rapidamente en movimiento- fue algo liviano. Error.
Loch Ghuilbinn, en la falta oeste de Chno Dearg

A pesar de todo esto, partimos de buen humor quizás por el hecho de dar nuestras primeras pedaladas por un camino de tierra en un estado excelente. Primero, bordeamos el Loch Ossian por el lado noroeste y, después, remontamos un pequeño valle al este de Chno Dearg. A partir del km. 16 empezamos un descenso hacia River Spean para, nada más cruzarlo, enlazar con la A86 en dirección oeste (Fort William). Yo me notaba que no iba fino. Al coger la carretera, siempre con tendencia favorable, ya no tenía duda: me estaba apajarando. Así pues, paramos en el siguiente sitio donde poder comer de caliente, que ya no fue hasta Roybridge, en el km. 43. El avituallamiento fue, como se suele decir en el periodismo deportivo, providencial, porque evitamos una fina lluvia de media hora y llenamos el depósito de combustible; además de recordar otra máxima: en estas situaciones hay que comer todo lo que uno pueda.
Carreterita de tres metros de ancho por Glenn Navis

La reanudación fue tranquila, siguiendo la A86 siempre en sentido favorable aunque, a partir de Spean Bridge, con bastante tráfico. En las inmediaciones de Fort William pude, finalmente, hinchar correctamente las ruedas y a las 16 horas estábamos ya en el hostel donde nos hospedaríamos. Una vez allí, decidimos dejar las alforjas para, más liberados, coger la carreterita paralela al River Nevis y que te lleva por un vallecito precioso. Por cierto, que en el track, en los km. 64 y 65, veréis una recta imposible del hostel a la carretera: me despisté con el GPS y lo llevé algún km. apagado. El vallecito que os comento se va estrechando hasta un pequeño parking donde, si uno quiere seguir hasta las Steall Falls, debe dejar el coche o, en nuestro caso, la bicicleta. La senda tendrá otros dos kilómetros a lo sumo, pero merece del todo la pena; se trata de un sitio espectacular (no en vano, el Ben Nevis es el pico más alto del Reino Unido).



Las Steall Falls, al fin




Después de deleitarnos en las Steall Falls, bajamos por la misma carreterita a Fort William para tratar de hacer una compra en el Tesco sin suerte -ya habían cerrado-, así que volvimos a tirar de pub para cenar. Duchita caliente y cama mullida para descansar que nos supieron a gloria.


ETAPA 3. FORT WILLIAM - DRUMNADROCHIT

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=10958727
http://www.ibpindex.com/ibpindex/ibp_analisis_completo.php?REF=36507849987347&LAN=es

Esta vez sí llenamos bien el buche en el desayuno. Dejamos Fort William por la A82, la misma carretera por donde accedimos, en sentido contrario. Una vez llegados a Spean Bridge, eludimos la A86 para continuar por A82 en dirección Fort Augustus/Inverness. Al poco, tras un repecho de casi 1 km., nos encontramos con el Commando Memorial, monumento en memoria de los comandos británicos que tomaron parte en la II Guerra Mundial y que tuvieron una base de entrenamiento muy cerquita de donde está situado el propio monumento. El paraje también tiene su atractivo por las vistas que ofrece sobre el Ben Nevis.





Comando Memorial. Arriba, las vistas a Ben Navis desde el mismo

Al rato, retomamos la A82, que un poco más adelante ya permite ver el Loch Lochy. Ese fue el primer momento de la ruta en que tuve la sensación de tener el viento en contra. Luego supe que la preponderancia de los vientos es de E a O, aunque eso, ya lo veremos, cambia radicalmente cuando estás pegadito a la costa oeste, así como en las islas. El caso es que ya no me pude hacer más el remolón a la hora de dar relevos, jajaj.


Loch Lochy. Lago que ocupa la misma falla que Loch Ness, pero más al sur

Aunque esta etapa tenía muchos alicientes a priori, no fue, ni de lejos, de las que más disfrutamos. Una de las razones fue el abundante tráfico rodado. Hasta cierto punto, es normal: la A82 es una de las principales carreteras nacionales en un país que cuenta con muy poquitas autovías o autopistas. Particularmente, difiero de las afirmaciones que he visto en algún foro y que he escuchado de que "los conductores en Escocia son muy respetuosos" o que "Escocia es un paraíso cicloturista": los hay de todas clases. Y me llamó particularmente la atención que conductores de caravanas, con sus bicicletas enganchadas en la parte trasera, fueran de los más temerarios. Sin llegar a pasar ninguna situación de riesgo extremo, lo cierto es que rodar por la A82 fue un poco rollaco. Quizás por ello fuimos con muy buen ritmo hasta llegar a Fort Augustus, donde no faltó la foto al Loch Ness. Luego, junto al Caledonian Canal, tumbados en el césped que jalona sus esclusas a su paso por esta población, nos jalamos algunas de las delicias escocesas: pasteles de carne y pasteles de haggis.


El Caledonian canal, obra de Thomas Telford. Las representaciones de "Nessie" por estos lares son una locura


Loch Ness, al fin

Apenas 3 km. después de reemprender la marcha y mientras trasteaba con el GPS, apareció un camino paralelo a la A82. Efectivamente, enlazando caminos, se puede llegar -aunque acumulando más kilómentros y desnivel- hasta Drumnadrochit. En nuestro caso, sólo anduvimos un trecho por ese camino, pero la verdad esos 6 km. (del 57 al 63, aprox.) fueron un regalo: nos dieron un respiro a la carretera y nos ofrecieron unas vistas al Loch Ness acojonantes.
Decidimos volver al asfalto porque no quisimos forzar la mecánica ni nuestros cuerpecicos teniendo en cuenta todo lo que nos quedaba, pero para los que queráis una alternativa a la carretera, os la recomiendo.




Los últimos 20 km. de la etapa no tuvieron mucho de reseñable. Un poquito antes de entrar en Drumnadrochit se encuentra el Urquhart Castle. Fotito de rigor desde la carretera (8,50 libras para el estado en que se encuentra nos pareció caro) y a buscar el B & B de Drumnadrochit, donde, sabiendo jugar las cartas de nuestra simpatía y peloteo, nos acabaron haciendo la colada, jajaj.







lunes, 13 de abril de 2015

regensburg - ciclismo en el triathlon de Regensburg

Hallo Jungs

aqui mi primer video realizado con la camara deportiva que me regalaron mis compañeros del NTC cuando se libraron de mi.

La ruta tb la podeis encontrar en el wikiloc : http://www.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=9331000


regensburg cycling from cuvalbikers on Vimeo.




jueves, 21 de agosto de 2014

Minas de Henarejos: una cita con la historia que acabó en cita con la épica

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=7566857

Una de las cosas que, personalmente, más me engancha a la MTB, es la de hacer deporte al aire libre y todo lo que éste te puede ofrecer; ya sean hermosos parajes en la naturaleza o enclaves de interés cultural o histórico. A continuación, y ya que esto se apellida "Salidas con BTT por los alrededores de Cuenca y Valencia", voy a relataros la rutilla que me marqué el 16 de Agosto entre los términos de Víllora, Boniches, Henarejos, Narboneta y Enguídanos, todos ellos pertenecientes a la Serranía Baja de Cuenca. El itinerario pretendía rizar el rizo, y satisfacer curiosidades paisajísticas e históricas.


El gusanillo me había picado unos días atrás, cuando por casualidad y maravillas de Internet, cayó en mis manos un extenso artículo que relataba los avatares de unas minas de carbón situadas en el término municipal de Henarejos, una población situada a unos 30 km. del pueblo natal de mis padres, Cardenete. En el artículo, publicado en 2010, aparecían un montón de fotos, tanto de las casas del poblado minero que se creó, como del trinquete, el bar, las bocaminas, etc. Las minas habían sido ya explotadas en el siglo XIX con desigual éxito, pero fue en la segunda década del siglo XX cuando la producción se estabilizó, fomentada en un principio por las fundiciones del armamento que se vendía a los alemanes. Estuvieron activas hasta 1866 y en 1955 llegaron a tener más de 300 habitantes.



¿Cómo había sido posible que nunca hubiera sabido de aquella historia? La ruta, pues, debía incluir imperiosamente una visita a aquellas minas, para hacerme una idea de cómo tuvo que ser la vida allí.



Por otro lado, llevaba tiempo trasteando en wikiloc para ver si alguien había hecho el recorrido entre Víllora y San Martín de Boniches por los caminos que aprovechan el valle que forma el río San Martín (sí, soy un friki de los mapas, jeje). Mirando el Google Earth y el Base Camp, no parecía demasiado complicado... y sin embargo, no había ninguna ruta colgada. Ni en bici ni a pie ¡Qué extraño!



Así las cosas, llegué a la conclusión que tenía que diseñar una ruta que me llevara desde Víllora a San Martín de Boniches siguiendo el río. Desde allí, por pistas, llegar a Henarejos (otra espinita clavada, ya que, servidor, nunca había estado). De Henarejos a las minas, y de allí, de vuelta a Víllora.



Lo de seguir el curso del río no era tan sencillo como yo lo había imaginado, claro. A veces el río se mete entre gargantas de piedra arenisca por donde no hay caminos ni hostias, así que hube de tirar de Base Camp con cierta incertidumbre, pues, por muy actualizado que tengas el TopoEspaña -ya me ha pasado en alguna ocasión-, siempre existen incoherencias entre los mapas y la geografía real. De San Martín de Boniches al Valle de las Minas, pasando por Henarejos, sí conseguí tracks de wikiloc, así como de las minas a la carretera de Narboneta. Desde las minas, es verdad, podía haber vuelto a trazar un recorrido (ayundándome, otra vez, del Base Camp) de vuelta a Víllora, sin pisar un metro de asfalto, pero pensé que, después de unos 60 km. de pistas y caminos, casi echaría de menos el alquitranado elemento. Conforme se desarrollarían los acontecimientos después, esta decisión fue todo un acierto.




Bueno, basta de chapas sobre mapas: al lío. Monté la bici en la baca del coche, aparqué en Víllora y a las 10:30 estaba dando pedales. Estaba muy contento porque, a la etapa, que se presumía dura, le acompañaba una temperatura ideal: 20 graditos con una suave brisa. Con el maillot de verano, casi fresco de más. No me costó mucho encontrar la pista por la que inicié el itinerario, situada en la parte noreste del pueblo, con un firme excelente, aunque sin ninguna indicación. Después de algo más de km. y medio en ligera subida para calentar, bajadón de 500 metros para, en el primer cruce, tomarlo a la izquierda. No sé si era porque la bici no era mía, o porque unos problemas mecánicos del día anterior me habían hecho consciente de que entraba casi en el apartado de temeridad hacer ese pedazo de ruta solo; por lo que fuera, digo, pero no acababa de bajar seguro, dominando completamente la burra. Desde aquí os emplazo a que hagáis este tipo de trazados siempre acompañados. No saco pecho por haber realizado este recorrido en solitario, ni muchísimo menos. Cabeza, amig@s, que si para algo sirven estos relatos es para que no cometáis los mismos errores.


Tras el cruce se alcanzaba una veguilla que forma el río, con algunos campos de labranza a un lado y otro del río. Sin embargo, éste enseguida se escondería tras unas rocas. Tocaba volver a subir -no llegaría a los 2 kilómetros- para, en km. 5 de nuestro recorrido toparme con una puerta metálica que rezaba "Finca Dehesas Royo Palomarejo. Prohibido el paso". Bueno, ya tenía respuesta a la primera incógnita. Al parecer, eso lo he sabido después, un famoso matador de toros compró esa extensa finca al norte de la población de Víllora ¿Se acabó el sueño de alcanzar San Martín de Boniches por caminos desde Víllora? Bueno, era mucha la ilusión que había puesto en la ruta, así que no iba a desertar a las primeras de cambio. Siempre podía decir que no había visto el cartel (aunque ése no era muy buen argumento: era un pedazo de cartelaco) o que, en cualquier caso, servidor, paseando con la bici por su finca, tenía mucho menos peligro que el propietario en una plaza de toros (ese era mejor argumento, aunque no sé cuanta gracia le haría). Al poco de adentrarme en la propiedad privada, había una bajada imposible, con un 20 % de desnivel y todo piedra suelta. Traté de dominar la burra sólo con el freno trasero mientras echaba el culo atrás, pero el desnivel hacía que éste no fuera suficiente para amarrarla. Cuando toqué el de delante: zas! Hostión!. Después de maldecir sobre matadores de toros y propiedades privadas (como si unos u otras tuvieran la culpa de mi poca destreza en la bici), me incorporé y me cercioré de que no había daños en la burra. En mi cuerpecico, aparentemente, tampoco muy graves: rasguños y un dolor en la mano izquierda. En las costillas también me había dado un buen golpe, pero no parecía grave.


Alcancé, de nuevo, otra vega con campos de labranza, dejando a mi derecha, en lo alto de una loma, una gran nave y, después de aclararme con el GPS, seguí río arriba. La vega del río se fue desvaneciendo porque el valle se angostaba, y varias veces tuve que vadear el río. Imposible no acordarse en esas situaciones del Aba. Al poco, la ligera cuesta se fue transformando en un señor cuestón, un puertecete de 7 kilómetros que me situaría, en el km. 17, rozando los 1200 msnm. y con unas vistas al valle que forma el río guapísimas.

Como en muchos otros puntos de la Serranía de Cuenca, las piedras, normalmente calizas, areniscas o yesos, han acabado formando, con el paso del tiempo y la erosión, formas muy chulas. Lamentablemente, soy, todavía, peor fotógrafo que ciclista, y las fotos no hacen justicia. Unos kilómetros antes de coronar, en el 14,8, decidí tomar el camino de la izquierda en lugar de la pista, que bajaba con un piso mucho mejor a la derecha. La verdad es que fue un error motivado, seguramente, porque el dolor en las costillas empezaba a ser ya un verdadero calvario, en especial, cuando la bici cogía velocidad. Por pista se harán algún centenar de metros más, un kilómetro, todo lo más, pero merece del todo la pena. Al final, por evitar los baches de la bajada de la pista, acabé rodando por un pedregal que me dejó más machacao que Ángel Cristo. Finalmente, bajé otra vez al nivel del río, y en apenas un par de kms. estaba en San Martín. El primer objetivo de la ruta estaba conseguido, aunque estuviera magullado y dolorido.



En San Martín comí un poco de fruta y me dirigí a Henarejos. Primero tomaría la CUV-5014, una carretera solitaria. Tres kilómetros para, en una curva pronunciada a izquierdas, tomar la pista a la derecha, dirección a los parques eólicos. Este trozo, primero en ligera subida y luego en ligera bajada, fue un tanto aburrido, porque la pista es enorme y la vegetación escasa. En el km. 27 me desvié unos metros siguiendo las indicaciones de "La lagunilla". Nada: más seca que la mojama. En el 29,9 encontraría el desvío indicado a Henarejos a la izquierda: un caminete ya más pequeño y divertido (todo lo divertido que puede ser cuando te duele el pecho a rabiar, claro), en franca bajada, aprovechando el Barranco del Agua. Tres kilómetros después aparecía Henarejos, que enseguida se ve que tiene más entidad que San Martín.


Desde Henarejos hasta las minas tenía dos opciones: tomar la CUV-506 unos tres km. para luego coger un camino a la derecha
Henarejos
que parecía bastante bueno, o tomar un caminete que salía justo en dirección sur desde el pueblo. La segunda opción parecía más dura, pero por la tontuna aquella de evitar el asfalto en lo posible, la elegí. A fin de cuestas, salvo por los dolores varios, de fuerzas me notaba bien. O eso creía. No tengo claro si me volví a equivocar, jajaj. El camino tenía su atractivo al inicio. Te daba una panorámica de todo el pueblo desde el sur y, unos pocos metros más adelante, siempre subiendo, una estampa curiosa con campos de girasoles, un pequeño bosquecillo en unas lomas y, arriba los impresionantes molinos de viento para energía eólica, con su monótono zumbido. Tras coronar esa pequeña subida, se abriría un valle a nuestra izquierda. Todo muy chulo hasta aquí. El terreno era ahí de toboganes. Sin embargo, a partir del km. 45 el terreno ya se puso en franca bajada y, aunque seguramente influyó los dolores y un cierto temor (no quería pensar en qué pasaría si, justamente ahí, en medio de la nada, me metía otro hostión), la bajada por ese camino me pareció bastante mala: mucha piedra y mucho desnivel. Ocurrió, además, que me equivoqué en un devío; así que, volver a subir 800 metros, con un calor sofacante ya (el fresco de la mañana era ya historia), la concentración al máximo para rodar por donde no derrapara la rueda, después justo de haber comido, me pareció un castigo durísimo. Primer aviso de que iba a entrar en reserva.


Afortunadamente, bajé sin más incidentes y en el km. 49,7 había alcanzado las minas. La cosa empezaba bien, con un cartel explicativo que me confirmaba una de las cosas que empecé a sospechar cuando supe de la existencia de las minas: porqué la estación de Enguídanos, situada a tantos quilómetros del pueblo que no ofrecía un servicio al mismo, permaneció abierta tanto tiempo.

También pude ver las casas, o lo que queda de ellas, del barrio alto. Pero, tristemente, poco más, porque una empresa lleva tres años aprovechando los escoriales y explotando a cielo abierto las antiguas minas. El arroyo ha sido modificado, se ha creado una balsa con el agua de éste -supongo que para lavar los metales-, se han desecho montañas enteras y se ha sepultado otras con productos de los materiales de deshecho. Lo único que pude encontrar es una bocamina antigua: la Bocamina de los Belgas. Una pena. Mi cita con la historia no pudo ser tal.



Casas del Barrio Alto 
Media montaña fuera y modificación del arroyo en balsa

Bocamina de los Belgas, de lo poquito que
 encontré de las minas originales


Aguas ferruginosas que rezuma la balsa



El camino de las minas a la carretera de Narboneta todavía tiene su atractivo, cuando la acción de las excavadoras desaparece. Es un camino siempre ligeramente favorable y en el que me encontré una fuente de agua fresca perfecta para refrescarme antes de acometer la subida por carretera. Por él, volvería a entrar en la propiedad privada "Dehesas Royo Palomarejo". De hecho, divisé la gran nave que en su momento había dejado a la derecha, pero, en este caso, el acceso estaba cerrado. Dejo para otro día la opinión que me merece esta gente que le pone puertas al campo, privándonos a los demás de esparcimiento.

El tramo por carretera no tiene mucho de relatable, salvo que, a pesar de los 3,5 km. de subida inicial y lo reventao que estaba, fueron una bendición, por la ausencia de baches.

...


Así pues, la ruta no pudo cumplir el principal objetivo, que era empaparse, a través de los vestigios que allí hubiera, de cómo debió ser aquella aventura minera. Aquel capítulo de la historia de la Serranía de Cuenca habrá de estudiarse en los libros, porque con la ruta poco sacaremos en claro. Sin embargo, nos había quedado una rutaca de pura BTT de 70 km. con más de 1500 metros de desnivel acumulado; vadeando ríos, divisando valles y rocas de formas imposibles o invadiendo propiedades privadas... y volviendo, aunque ajado, de una sola pieza ¿Qué más se puede pedir?

martes, 12 de agosto de 2014

Cazorla de alforjas


A continuación vamos a relataros nuestra última aventurilla de alforjas, en esta Semana Santa del 2014. Lamentablemete, en esta ocasión no pudieron acompañarnos Aba y Toro, de manera que tuvimos que hacer otro fichaje –u otra víctima de nuestras locuras, como se quiera ver– Jordi.

La ruta consistió en una travesía circular en 4 etapas en la zona más oriental de la Sierra de Cazorla de unos 225 – 230 kilómetros. El itinerario sobre el que nos basamos fue una ruta que habíamos encontrado en wikiloc, “Cazorla circular”, a la que le añadimos algunos kilómetros más, con tal de adaptarla, principalmente, a los lugares que pudimos reservar para la pernocta. No, amigos, esta vez no hubo pernoctas con la tienda de campaña ni amenazas de multa de agentes del Seprona ¿Hemos madurado? Bueno, creo que el tema de la climatología tuvo más que ver a este respecto.



Etapa 1. Pozo Alcón – Pontón Alto
71 km. aprox. 1200 metros de desnivel positivo.
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=6645806

Así pues, comenzamos nuestra ruta desde Pozo Alcón, empezando a dar pedales desde el mismo hotelillo donde nos habíamos alojado la tarde anterior. Desde ahí hasta un poquito después del Camping La Bolera rodamos por la A-326. Ahora ya puedo decir que empecé un poco asustado, porque en las rampas que hay a la salida del pueblo ya me pegué un calentón considerable. “Joder, no puede ser que esté tan mal de forma!” Por una vez acerté y resultó que llevaba frenada la rueda delantera.




Nada más pasar el camping, como comento, abandonamos el asfalto y encontramos una pista de piso perfecto a la izquierda. Por el rodar tranquilo de ella nos dimos cuenta de la siguiente jaimitada: mi dispositivo no había grabado correctamente la “Cazorla Circular” que nos servía de referencia: un hurra por el más listo de la clase!, jajaj. [Moraleja: Sed todo lo escrupulosos y metódicos que podáis con el GPS. A fin de cuentas, si no disponéis de otros medios alternativos, es el trasto que os va a guiar en vuestra aventura: merece la pena perder un rato y aseguraros de que todo funciona perfectamente]. Afortunadamente, el de Jordi parecía funcionar sin problemas.


La pista, que en un principio parecía plana, se fue tornando ondulada hasta llegar al Embalse de la Bolera. Aquí mismo el paisaje ya nos ofrecía estampas chulísimas. La pista, definitivamente, se fue convirtiendo en un sendero bastante divertido, que discurría a la vera del embalse, ora entre carrascas, ora surcando un pequeño prado, o incluso entre escalones de piedra que, en un par de ocasiones nos obligaron a poner un pie a tierra. Fueron sólo 200 metros. A partir de ahí, el sendero se ensanchó un pelín, y aunque con piedra y raíces, ciclabe, comenzamos un ascenso de casi 4 km. Coronamos en el km. 20,5 a 1284 msnm y nos hicimos las primeras fotillos con el cañón del río Guadalentín al fondo. Después de un descenso en el que encontramos un poco de barro, llegamos por fin al río en el que decidimos hacer un almuerzo – comida. Habíamos completado algo más de un tercio de etapa.






   
Nada más cruzar el río, la ruta tiene dos variantes: de frente, o a la derecha, por un camino que discurrirá paralelo al río. Nosotros decidimos coger el camino paralelo al río porque, aunque era un pelín más largo, entendíamos que, si aprovechaba el lecho del río, la subida sería más tendida. La lógica no era mala. En verdad, era la hostia… sólo que no miramos en mapa con detenimiento, jajaj. Los primeros 3,5 km. sí fuimos a la vera del río –donde, por cierto, divisamos un zorro– en  un camino fresco, umbrío y divertido, porque parecía una montaña rusa, aunque siempre picando hacia arriba. Sin embargo, el camino abandona en ese punto el lecho del río y tiene unas rampacas que, si no recuerdo mal, llegan el algún momento al 14%. Fueron solamente 2 km., pero el tema ya nos puso las piernecicas a temblar y un pequeño amarillo a Jordi (no llevaba chuletón del bueno). Afortunadamente, al poco de enlazar con el camino, a la izquierda, había una fuente de agua fresquita. Rozábamos ya los 1500 msnm; habíamos superado lo más duro.

Las rampas de los dos kilómetros malditos


El camino, sin embargo, siguió picando hacia arriba, pero de manera ya mucho más liviana. A diferencia de los dos km. malditos, además, el firme volvía a ser excelente, sólo atravesado por orugas que desfilaban en fila india unidas entre sí. Las vistas las seguíamos teniendo a nuestra derecha. Aunque ya no podíamos divisar el río por la gran vegetación, el valle que se abría era la hostia y, tras él, las montañas del Parque Natural de Sierra Castril.

    
En el km. 42,7 encontramos a nuestro paso una puerta que indicaba que te adentrabas en un terreno donde se pueden encontrar reses bravas. En esa zona ya existe muy poca vegetación, se trata de algo así como una dehesa en altura y, efectivamente, en seguida aparecieron toros y vacas a nuestro paso. El camino era ondulado, pero siempre ligeramente hacia arriba. Yo creo que a partir del km. 50, cuando, además, se levantó cierto aire en contra, empezamos a notarnos ya cansados. En algún momento paramos a volver a comer algo más, pero más que un problema de combustible, la cosa comenzaba a ser un problema de motor. Finalmente, en el 54,1 llegamos al techo de la etapa, a 1774 msnm. Al hacernos las fotos, nos dimos cuenta de que Jordi había perdido las zapatillas, que amarraba al portaequipajes con unos pulpos. Debo reconocer que no puse mucho empeño en volver por ellas, jajja. Jordi estuvo un rato cavilando, mirando las fotos para averiguar cuánto llevaba rodando sin ellas, deduciendo finalmente que podía ser desde la puerta que os he comentado. Finalmente, decidimos que esos 22 km. extra (11 de ida y 11 de vuelta; podían ser menos, de acuerdo; pero también podía ser que no las viéramos) eran demasiados para lo hora del día que era y el estado de nuestras piernecicas. Adiós, queridas zapas!



  
A partir de aquí las cosas sí fueron ya muy fáciles, bajamos por el camino que aprovecha el Barranco Cañada de la Cruz al nacimiento del Segura en un periquete y, después de la foto obligada, pegaditos al río, primero por un camino y después por una sendita que nos llevó a Pontón Alto, donde no tardamos en encontrar la casa de Vicenta.

Vistas desde la ventana de la casa rural que regentaba Vicenta

Etapa 2. Pontón Alto – Hospedería “Morciguillinas” (Cortijos Nuevos)
45.5 km. 400 metros de desnivel positivo.

Poco narrable de esta segunda etapa, la segunda más suave de la travesía a mucha distancia de las dos etapas reinas. Quisiera hacer mención a lo bien que nos trató la dueña de la casa en Pontón Alto, Vicenta. Por el precio acordado se suponía que sólo entraba la estancia, pero la señora se ofreció a hacernos “alguna cosita para desayunar” –ofrecimiento que, como buenos malilleros que somos, no se nos ocurrió declinar–. Pues bien, la “cosita para desayunar” acabó siendo un pedazo de desayunaco que no se lo salta un torero.

Con las fuerzas repuestas por completo, pues, comenzamos la ruta. Nada más bajar a Pontones por la carretera, tomamos un caminito con buen firme a la vera del Segura. Al principio consistía en una vega salpicada de chopos y abedules. Tuvimos que vadear el río en alguna ocasión. Jordi, que es claramente un tipo más inteligente que yo, ya había aprendido del primer día, cuando tuvimos que cruzar el Guadalentín y nos mojamos las zapatillas a base de bien; así que, en cada ocasión, se descalzaba las zapas de la bici y se ponía unas chanclas. En mí caso, pensaba que esa sí iba a ser la vez que no me mojara… Y no acerté nunca, claro. Al poco, el Segura se despidió de nosotros hacia el Este y nosotros seguimos paralelos al Arroyo Masegoso, aunque, enseguida los caminos comenzaron a desdibujarse hasta que rodamos totalmente campo a través. A pesar de que el GPS nos indicaba que llevábamos el camino correcto, tuvieron que ser unos ciclistas (los primeros que nos cruzábamos en toda la travesía) los que nos confirmaran el camino, que era malo de pelotas, y más que hubo que echarle para hacerlo montado en la burra, porque las rampas eran durísimas. Arriba, al coronar, a casi 1500 msnm., olía a hongo que te morías y Jordi encontró algunos y me dio una pequeña clase magistral. No sin antes confundirnos de camino, llegamos finalmente a la carretera, que discurrió algo más de 10 km. (del 10 al 20) siempre al borde de los 1500 msnm y ofreciendo a nuestra izquierda todo el imponente valle donde se halla en Embalse del Tranco. Flipante.



En el km. 20 comenzaría el descenso hasta Hornos, pueblecito muy, muy cercano al embalse. 15 kilómetros de descenso por una carreterita de 4 metros de ancho. Por mi parte, debo decir que, a diferencia de otros componentes de este blog, si este tipo de carreteritas no tienen tráfico, las disfruto mucho.


El sol apretaba de lo lindo, al igual que en toda la jornada anterior, y decidimos, después de las fotos de rigor en los miradores de Hornos, pimplarnos unas birras debajo de alguna sombrilla de bar. La cosa acabó con alguna más de la cuenta, unas patatas allioli y ciervo asado con ajos. Para cuando habíamos dado cuenta de todo, nuestra boca y el tracto digestivo en general tenía más temperatura que la zona 0 de Fukushima. Aún así, decidimos continuar hasta Cortijos Nuevos para, desde allí, dirigirnos a Morciguillinas, el destino final de la etapa. El trayecto era íntegro por carretera y la verdad es que al montar a la burra, el calor que despedía el asfalto fue como un hostión de realidad. Los 4 últimos kilómetros, desde la orilla del embalse hasta el hospedaje, que siempre picaban hacia arriba, se nos atravesaron hasta el punto de parar a la sombra a volver a echar un vistazo a los mapas, por si estábamos haciendo algo mal.

El día de relax, pues, estuvo a punto de complicarse; pero, finalmente, llegamos al destino temprano, donde dimos cuenta por primera vez de las especialidades culinarias de la zona.


Etapa 3. Hospedería Morciguillinas – Camping Llanos de Arance
46 km. 300 metros de desnivel positivo.

En la misma tónica que el día anterior, nos marcamos otra etapita tranquila. Los kilómetros, como bien se decía en un programa de MTB de la extinta C9, son para disfrutarlos y no para quemarlos. Los muy pro pueden juntar esta estapa y la anterior, y obtendrán así una etapa de algo más de 90 km., con más de 700 metros de desnivel positivo. Perfecto; pero a nosotros, como digo, no nos interesaba esa proeza ni quitarle a nuestras vacaciones un día de bici. 

Cierto es que, por esto mismo que comento, a nivel de ciclismo de montaña y de aventura hay poco que contar. Bajamos plácidamente al embalse –7 km. de suave descenso– y, desde ahí, no nos fue difícil encontrar el caminito que iba pegadito a la orilla oriental del mismo. El día había amanecido más guarrote que los dos anteriores y también más fresco, así que se descartaba el baño en el embalse, pero, por otro lado, agradecíamos el cambio de climatología.



Hay que decir que el camino nos deparó alguna sorpresa, ya que, producto seguramente de las lluvias, el terreno había cedido en algunos sitios y nos tocó más de una vez, poner pie a tierra y/o sortear algunos obstáculos con toda la pericia que pudimos. La bici de Jordi estuvo por un momento a punto de acabar en el Pantano, jaja. Después de almorzar, lo que hicimos pronto, el camino se hizo más ancho y muy divertido, con un montón de vegetación enrededor, atravesado por multitud  de riachuelos y arroyos que desembocaban al embalse. El único pero que le poníamos a la ruta en ese momento era los pocos animales en libertad que habíamos avistado, y eso a pesar de que a partir del km. 30, más o menos, el camino que llevábamos estaba señalizado como “de Félix Rodríguez de la Fuente”.






Acabado el embalse el camino siguió pararelo al Guadalquivir, con un par de repechotes que acababan en un mirador precioso. Después bajamos sin más problemas al Camping Llanos de Arce, kilómetro y medio antes de Coto – Ríos. En verdad, teníamos apalabrado un alojamiento en un hotelito situado tras esa localidad, pero las condiciones (poco menos que dormir haciendo la cucharita en una camuja estrechuca) no nos acababan de seducir. Lo cierto es que, aunque un pelín más caro, acertamos de pleno con la decisión de quedarnos en el camping. Primero, porque nos dimos un pedazo de homenaje en forma de barbacoa; y segundo, porque nos dio tiempo a descansar perfectamente y preparar el etapón del día siguiente.


Etapa 4. Camping Llanos de Arance – Pozo Alcón
64 km. 1300 metros de desnivel positivo

Comenzamos a rodar a las 8,30 horas. Temprano, en comparación con el resto de etapas. La tarde anterior habíamos consultado varias apps meteorológicas y todas vaticinaban lluvia a partir de las 17 horas. La idea de que nos pillara una posible tormenta en la montaña no nos molaba nada, así que apretamos, en la medida de lo que pudimos, el culo.

Dejamos el camping y cogimos la A-319, una carreterita de buen firme y casi plana, para abandonarla en el km. 6,3 a la izquierda y coger otra carreterita que nos condujera a la central eléctrica del río Borosa. Un poco más adelante, en el km. 11, todavía por asfalto, al ir a cargar agua en una fuente, reparé en que tenía varias llamadas perdidas de teléfonos de la zona. Et voilà: nueva jaimitada! Me había llevado las llaves del bungalow donde nos habíamos alojado. Afortunadamente, la chica del camping no tuvo problemas en que le dejáramos las llaves en un merendero situado sólo a un par de km. antes de donde nos encontrábamos. Si la llave la recuperaron o no, es cosa que nunca sabremos, ya que el merendero se encontraba cerrado y acabamos tirando la llave por un huequito que había en una de las puertas sin saber donde caían ni, por supuesto, plantearnos dar más explicaciones a nadie, jajaj.

Volvimos a la carreterita que, al poco, se convirtió en el camino acojonante, por lo bello, me refiero, siempre junto al Borosa. El día estaba cubierto, pero no parecía amenazar lluvia. Desde la fuente donde cargamos agua, la carretera primero, y en seguida el camino, siempre picaban hacia arriba. Fueron unos 8 kilómetros de ascensión (del 11 al 19) que no se nos hicieron duros, porque estábamos alucinados con el paisaje. Poco antes de llegar a la central eléctrica divisamos unas cabras montesas encaramadas en una peña. En ese estado
de flipe absoluto llegamos a la centralita eléctrica. Enseguida nos dimos cuenta de que había llegado el tramo complicado: el camino, por sus rampas, piedra suelta, etc, era apto sólo para el trekking. En verdad, los chicos de la “Cazorla Circular” ya nos habían advertido de esto en wikiloc, donde apostillaban que merecía del todo la pena por la belleza del paraje y porque se trataba apenas de media hora de “empujing”. Cierto es que el paraje era increíble. El valle del río se había convertido en una auténtica garganta en la que aparecían ante nosotros un salto de agua tras otro, a cual más espectacular. Hicimos un montón de fotos. Pero es cierto, que cuando llevábamos ya una hora en el cañón, con el cielo cada vez más encapotado y con nuestras fuerzas cada vez más mermadas, nuestro sentimiento de gozo fue tornándose por completo en preocupación.

Sufriendo en la "media hora de empujing"






Dos horas y casi media estuvimos nosotros empujando la bici. Para hablar bien, en ocasiones ni siquiera se podía hablar de “empujing”: podía ser “arrastring”, “on the shouldering”, o cualquier otra puta modalidad extenuante que se os ocurra que acabe en –ing. En este punto, me gustaría hacer una reflexión: para los que empecéis en esto o tengáis un nivel menor, como es nuestro caso, una conducta prudente consiste en pensar siempre que vosotros tardaréis más tiempo en completar el recorrido que el autor que ha colgado la ruta en Internet o ha editado el libro. En nuestra primera ruta de alforjas, recuerdo que conseguimos una ruta de un tipo ya de cierta edad y pensamos: “joder, si el abuelete este ha hecho la ruta completa en 6 días… nosotros en 4” ¡ERROR! Cinco días después, nos volvíamos con la ruta incompleta, cierta sensación de frustración y, en mi caso, una tendinitis en la rodilla derecha. Es muy bueno ser realista con la condición física de uno y programar la ruta en base a ello. Si sois varias personas, siempre acorde con el que peor condición física tenga. Recordad: se trata de disfrutar. O, vale, de “disfrutar sufriendo”, pero siempre dentro de unos límites. Dicho esto, no es menos cierto que también sería conveniente que la gente fuera honesta en la descripción de su aventura. Según los datos de mi GPS, debieron ser entre 2,2 y 2,4 km. de penar con la bici. Si los chicos de la “Cazorla Circular” consiguieron hacer ese tramo en media hora, eso significa que anduvieron a casi 5 km/h; es decir, como si no hubiera desnivel, rocas, ni una bici que transportar con un peso total de unos 25 kg.

Sea como fuere, ahí estábamos nosotros, a la 13:30 todavía en el puto cañón. Un bello lugar para morir, sin duda, pero deseábamos que fuera dentro de muucho tiempo. No había posibilidad de retroceder ya, de sacar la bandera blanca, como dice el Aba, e inventarnos una ruta alternativa; de manera que con paciencia, apretando los dientes y con los riñones aullando de dolor, llegamos a la misma ceja del cañón, donde ya sólo existía una mole de granito. A la derecha había un canal de agua perforado en el granito sobre el que se abría un angosto pasillito y a la derecha un estrechísimo sendero sobre algo de gravilla. Rebobinando la película, interpreto que debimos llegar con muy poca glucosa en la sangre, u oxígeno en el cerebro, o lo que sea, porque la imprudencia que cometimos –que luego la comentamos entre risas con unas cervezas y que a continuación comentaré también– pudo haber acabado realmente mal. A pesar de que nos jalamos una barrita energética de un solo bocao, no sé cómo cojones interpretamos en el GPS que el camino a seguir no era el pasillo excavado en la roca, sino la ínfima gravilla de la izquierda. En seguida, la bici se me fue dos metros abajo y, cuando quise recuperarla, me di cuenta de que mi postura era tan incómoda que no podía hacer fuerza con las piernas y que, cualquier
paso en falso, nunca mejor dicho, acabaría con la Trazacleta y un servidor 50 metros más
abajo, en alguna de las pozas que habíamos fotografiado. Algo de oxígeno debió llegar a nuestros cerebros para decidirnos a hacer la maniobra en equipo; es decir, dejé mi bicicleta, crucé el tramo más complicado liberado de la burra y, desde allí, ayudé a poner a salvo la bici de Jordi, que también estaba en situación crítica. Posteriormente, obramos de la misma forma con la mía y, cuando todos estábamos a salvo, volvimos a echar un ojo al GPS y recapacitar: joder, la cosa no podía ser tan extrema.

Efectivamente, el camino correcto era el túnel. Volvimos hacia allá con precaución, donde unos excursionistas nos comentaron la sensación que habían tenido mientras observaban nuestras peripecias: que estábamos mal de la cabeza y que nos íbamos a despeñar. Aunque ya estábamos a salvo, nuestras aventurillas no habían terminado. El pasillo junto al canal excavado en la roca era, como he comentado, bastante estrecho, hasta tal punto de que no cabía la bici con las alforjas. En mi caso decidí dejar las alforjas al inicio del túnel, pasar la bici y volver luego a recogerlas (cosa que, finalmente, no hizo falta porque unos amables senderistas que llegaron en ese momento se ofrecieron a porteármelas), Jordi decidió forzar un poco el material y entrar de una, arañando el material por las paredes del túnel. Aún hubo otro túnel más angosto si cabe que el primero, aunque también más corto, que me obligó a subirme a las paredes del canal (bici y servidor éramos demasiado anchos) y acabar, no sé como, calado otra vez hasta los huesos. Por fin, alcanzamos el Embalse de los Órganos, a 1240 msnm, bastante cansados y en mi caso, más mojao que el hueso de una aceituna, pero el cielo negro aguantaba, el camino volvía a ser ciclable y el riesgo de despeñarse se había esfumado, ¿qué más se podía pedir? Al poco alcanzamos la Laguna Valdeazores y, apenas un kilómetro después, decidimos parar a reparar fuerzas con un hermoso bocata de fiambre de la carnicería de Coto-Ríos. La lluvia no iba a tardar en aparecer, pero con el estómago lleno y lo peor salvado, las cosas se ven de otra manera. Protegimos las alforjas debidamente y continuamos, siempre para arriba. 4 km. después coronamos, a 1568 msnm. La lluvia era fina, pero constante.

Al poco de iniciar el descenso, vimos el camino a la izquierda que bajaba al Guadalentín, la variante que habíamos tomado el primer día. Esta vez continuamos de frente y acertamos, porque los esperados ciervos, esquivos durante toda la ruta, aparecieron todos juntos, primero, un buen grupo de ellos en un claro, como si no les importase mojarse, luego, unos cuantos aquí y allá, en la ladera de la montaña, donde alguno, incluso, se cruzó a mi paso en el descenso, con la consiguiente acojonada. Personalmente, se me hicieron largos los 10 km. de descenso hasta que llegamos al Guadalentín. Algo encendidos –ya no estaba la tarde para tonterías– acometimos los últimos 3 km. de ligera subida y, a continuación, la bajada por aquella subida que os comenté de piedras y raíces. Resultó una bajada técnica bajo una lluvia ya importante. A mitad de la misma, oí un grito de Jordi a mi espalda ¿Todo bien? Sí, sólo que había perdido una alforja. Sin darme tiempo a decir Pamplona, Jordi dejó la burra y emprendió la subida a pie en busca de sus pertenencias. Yo me quedé allí esperando, bajo la lluvia, medio aterido ya por el frío, pensando la suerte que teníamos de estar ya sólo a unos 15 km. de nuestro destino. 15 minutos después, allí estaba Jordi con su alforja (a pesar de todo, tuvimos suerte), improvisamos un apaño a base de bridas y pulpos y acometimos la última parte con más voluntad que fuerzas y sin más novedad. Habíamos completado la aventurilla.

Jordi, tras recuperar la alforja

Por fin los ciervos